Desde hace varias décadas, el interés de los
folkloristas de nuestra tierra se ha centrado principalmente,
por lo que a Navarra respecta, en el área de habla vasca.
Con ello se han salvado tesoros que, de otra forma, quizás
hubieran desaparecido. Pero una porción importantísima
de Vasconia, la llamada Navarra Media y, sobre todo, la Ribera
del Ebro, ha quedado marginada de la investigación. No
importan ahora los motivos. El hecho es que, además de
haberse perdido multitud de tradiciones y datos durante estos
años críticos de liquidación de una milenaria
cultura, la basada en una economía agropecuaria, continúan
siendo ignoradas las características históricas
y sociológicas del valle del Ebro navarro, y el temperamento
de sus gentes expresado a través de un riquísimo
folklore, motivando el aislacionismo de la tierra llana y su
desvinculación del quehacer histórico, etnológico
y cultural del País.
Las aportaciones de Pedro Arellano y de José María
Iribarren, valiosísimas por haber recogido unos materiales
de primera mano, son incompletas y superficiales. Convencido
de que cada día que pasa supone una pérdida irreparable
para el estudio de una cultura en trance de extinción,
me lancé al campo para realizar en el viejo reino un
sondeo uniforme. Uno de los frutos de la tarea es el presente
trabajo, hecho con la ilusión de aportar unos datos nuevos
al patrimonio espiritual de Navarra.