Autobiografía que relata los avatares sufridos
a causa de la sublevación de 1936, que le llevaron a
caer herido, prisionero de los facciosos y condenado a pena
de muerte por la Injusticia, la cual, con pretendidos pujos
de auténtica Justicia acabó indultándole.
Tras superar el lastre carcelario de siete años
en cinco memorables prisiones franquistas, se licenció
y doctoró en la Universidad de Barcelona, ganó
una cátedra de Lengua y Literatura francesa, profesó
durante cuarenta años en tres continentes y, hoy, es
recordado como un «profesor mítico».
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Bruscamente, desperté de mi profundo sueño
de condenado a pena capital. A la luz pajiza de los 100 vatios
que alumbraban escasamente aquel barracón, no ya corredor
sino antesala de la muerte, vi en la puerta al funcionario de
guardia voceando nombres. Soñoliento aún en aquella
madrugada, tenebrosa como lo eran todas, me acerco y le pregunto:
«¿Me ha llamado? ¿Estoy en esa lista?».
Silencio. Salen los últimos compañeros reclamados
y la puerta se atranca con sobrecogedor cerrojazo carcelario.
Creo oír sollozos y distingo algunos cuerpos arrebujados
todavía en sus petates.
Cuento, identifico y comprendo: uno, dos tres,
cuatro y yo; de 40 prisioneros quedamos cinco. Sí, Enrique,
Mariano, Eduardo, Jaime y yo. Dos menores de edad y tres presuntos
menores, yo entre ellos. He nacido por segunda vez. La Parca
ha pasado de refilón a mis 17 años y 325 días
marrando el golpe por un mes de diferencia.
Me derrumbo en mi yacija y yo también
gimoteo amargamente. La idea lacerante de los 35 fusilamientos
en marcha me roe las entrañas y provoca en mí
cierto sentimiento de culpabilidad por no estar compartiendo
el sino fatal de mis compañeros. Filosofo torpemente
en defensa propia y tratando de recordar el latinajo de Hobbes
homo homini lupus (el hombre es lobo para el hombre), aprendido
solo meses atrás en sexto de bachillerato, me rasco la
entrepierna, donde algún parásito me está
molestando más de la cuenta, y acabo traspuesto.
Entrado ya el día –tal vez para
desdramatizar–, nos condujeron a los cinco supervivientes
ante un juez militar que leyó las sentencias con estudiada
cantinela monocorde: pena de veinte años para los dos
menores y pena de muerte conmutada por la de veinte años
para los tres supuestos menores. Escuchamos con la sumisión
fingida a que habríamos de acostumbrarnos en adelante
y firmamos, nerviosos, el enterado que clausuraba sin alharacas
ni música de Elgar el ciclo vital de nuestra adolescencia.
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ERNESTO CARRATALÁ (Madrid, 1918)
Es doctor en Filosofía y Letras, catedrático
numerario de Escuelas Universitarias (jubilado), experto en
Pedagogía Comparada y diplomado en Declamación
por el Instituto del Teatro de Barcelona.
Fue profesor interino de la Universidad de Barcelona
de 1966 a1986. Fue profesor del Illinois and California Universities
Abroad Studies Program de 1975 a 2000. Ha enseñado en
África con UNESCO (República Democrática
del Congo) y en América como profesor visitante (State
University of New York at Albany).
Ha tratado temas de gramática: Morfosintaxis
del castellano actual (Labor, 1980); Gramática práctica
(Océano, 1994). Y de léxico: Diccionario práctico
de dificultades de la lengua española (Larousse, 1996);
Gran diccionario de frases hechas (Larousse, 2001).