Pese a que en este momento las danzas folclóricas
se consideran materia de escasa trascendencia cultural, lo primero
que deseamos destacar es la gran riqueza de alegorías,
símbolos y representaciones metafóricas que contienen.
Frente a la evidencia como criterio de evaluación, la
metáfora tiene un efecto restaurador, pues al proyectar
su luz sobre la totalidad del cuadro, disipa las sombras y pasa
a realzar los colores originales.
De ahí lo sorprendente que puede resultar
una metáfora como la del «moro», ajena en
origen y anterior al Islam en varios milenios. En este ensayo
se explica las imágenes que cubren estos «moros»
habitantes de ciénagas, humedales o moorlands (una «mauretania»
o ‘tierra de moros’ en todo igual, si se puede decir,
a la Mauretania clásica norteafricana). Los Morris men
o bailarines «moriscos» ingleses, con sus tintineantes
sartas de cascabeles y bailes de pañuelos, son entendidos
aquí como una réplica ritual, ideada contra los
insectos que vuelven cada primavera para presentar una nueva
batalla. En la tradición, los Morris men se han visto
acompañados de dos máscaras interesantes: el fool
o ‘loco’ y el hobby horse o ‘caballito con
faldas’. De las metáforas que cubren ambos figurantes
se da cumplida cuenta. En el panorama folclóricos europeo
los Morris men y acompañantes no están solos,
grupos ceremoniales similares son los calurari rumanos o los
ezpatadantzaris vascos, danzantes rituales conformados para
dar la respectiva réplica al agobiante azote que suponen
la langosta o el tábano.